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El partido que no es: por qué la dirigencia política argentina no tiene dónde formarse

La discusión sobre boleta única, Ficha Limpia y la eliminación de las PASO reabrió el debate sobre la calidad de la dirigencia política. Pero especialistas coinciden en que el problema de fondo antecede a cualquier reforma electoral: en la Argentina actual, el partido político como organización con estructura propia y escuela de cuadros prácticamente dejó de existir.

La reforma electoral avanza en el Senado con el respaldo de buena parte del arco político. Boleta única de papel, Ficha Limpia para candidatos con condena firme, eliminación de las PASO. Son cambios que apuntan, cada uno a su manera, a mejorar la calidad de la oferta electoral. Pero hay un diagnóstico que rara vez se pone sobre la mesa en la discusión pública: el tipo de organización que hoy domina el mapa partidario argentino no genera, por diseño, dirigentes formados.

Dos modelos, una ausencia

La ciencia política distingue hace décadas entre dos grandes tipos de partido. El francés Maurice Duverger describió a comienzos del siglo XX el llamado partido de masas: afiliación real y pagante, comités locales permanentes, formación ideológica sistemática y una carrera interna donde el militante ascendía probándose en la gestión de base antes de llegar a un cargo de relevancia.

El italiano Angelo Panebianco, ya en la segunda mitad del siglo, caracterizó otro modelo: el partido profesional-electoral. Una estructura liviana, armada alrededor de un candidato con capacidad mediática, que moviliza recursos de campaña antes que militancia territorial y que se reconfigura —o se disuelve directamente— según la suerte electoral de ese liderazgo.

La pregunta que atraviesa el debate actual es a cuál de los dos modelos responde el sistema de partidos argentino. Y la respuesta, según coinciden distintos análisis del período reciente, es que ninguno de los espacios de escala nacional se ajusta hoy al primero.

Un mapa sin estructura de base

El peronismo, señalan estos análisis, nunca fue en rigor un partido de masas en el sentido organizacional clásico: nació como movimiento con mediación sindical y liderazgo carismático, no como estructura de afiliación ideológica formada. El radicalismo sí tuvo, en distintas etapas de su historia, rasgos más cercanos al modelo de Duverger, pero fue perdiendo esa densidad organizativa con el correr de las décadas.

Los espacios de creación más reciente —el PRO desde 2003, La Libertad Avanza desde 2021— representan la versión más nítida del modelo profesional-electoral: se construyen alrededor de una figura con despliegue mediático, sin afiliación masiva verificable, sin escuela de formación de cuadros y sin una carrera interna que pueda auditarse desde afuera.

Las consecuencias de ese formato, sostienen especialistas consultados en distintos foros sobre reforma política, son concretas. Sin estructura territorial estable, no existe el escalón donde un dirigente joven pueda demostrar capacidad de gestión antes de acceder a un cargo de mayor exposición. La lealtad al armador o al líder de turno pesa más que la competencia técnica o la capacidad de gestionar conflictos internos. Y sin control real desde una base afiliada, la conformación de listas queda en manos de una mesa reducida, no de una interna partidaria con disputa genuina.

Reformas necesarias, diagnóstico incompleto

En ese contexto, boleta única, Ficha Limpia y la eliminación de las PASO aparecen como medidas necesarias pero acotadas en su alcance. Atienden síntomas del sistema electoral —el peso del aparato en el reparto de boletas, la posibilidad de candidaturas con antecedentes de corrupción, el uso desvirtuado de las primarias— sin tocar el núcleo del problema: la ausencia de un aparato de formación de dirigentes comparable al que supieron tener el peronismo sindical de mediados de siglo XX o el radicalismo de la etapa alfonsinista.

El resultado es un sistema donde los espacios políticos se reconstruyen desde cero en cada ciclo electoral, alrededor de un nombre, y donde la pregunta de fondo —cómo se forma un dirigente capaz, y no solamente un candidato con capacidad de instalación mediática— sigue sin tener una respuesta institucional clara.

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