Hay una pregunta que atraviesa la historia política de Occidente desde mucho antes de que existiera la Argentina: ¿de dónde saca su legitimidad quien manda? Carl Schmitt lo dijo con una fórmula que se volvió clásica: los conceptos centrales del Estado moderno no son más que conceptos teológicos secularizados. El soberano ocupa, en la política, el lugar que antes ocupaba Dios en la teología. Max Weber, por su parte, describió un tercer tipo de dominación —junto a la legal y la tradicional— que no necesita leyes ni costumbre para sostenerse: la autoridad carismática, ese reconocimiento que un grupo de seguidores le otorga a un líder porque perciben en él una cualidad excepcional, casi sobrehumana.
Javier Milei es, hoy, el ejemplo más nítido que tiene la región de esa tercera vía.
De la metáfora a la revelación
Durante buena parte de su carrera pública, las referencias bíblicas de Milei podían leerse como recurso retórico: el león, la batalla contra el Mal, las “fuerzas del cielo”. Pero hay un punto de inflexión que conviene marcar con precisión. En enero de 2026, en Davos, Milei no citó la Biblia como metáfora: expuso, según la crónica de Gustavo González en Perfil, una teoría propia que une la ciencia económica con la teología, revelando un hilo invisible entre la economía y un proyecto divino. No era la primera vez que usaba ese escenario para algo así —González la llama, con ironía, su “tercera revelación”, después de anticipar en 2024 el colapso de Occidente a manos del comunismo y de declarar en 2025 una guerra santa contra el “wokismo”. Pero sí fue la más explícita: hasta su rechazo a los organismos internacionales quedó enmarcado como una defensa de la voluntad de “el Uno” frente a la interferencia humana.
El dato que más debería inquietarnos no es el discurso en sí, sino el contexto en el que se pronunció: poco antes de viajar a Davos, Milei había recibido en la Casa Rosada a un grupo de influencers místicos que dicen poseer escudos mágicos y poderes sobrenaturales, y que coincidieron en llamarlo “Mesías” y “Elegido”. Según esa misma cobertura, es exactamente así como él se percibe a sí mismo.
Cuando el capitalismo se vuelve plan de Dios
Si hubiera que elegir una frase que resuma el riesgo de este fenómeno, sería la que pronunció en junio de 2026, en un homenaje al Rebe de Lubavitch: que el capitalismo de libre empresa es el sistema que Dios diseñó para que el trabajo continuara después de la caída del Edén. Una columnista de Perfil lo advirtió con claridad: cuando el capitalismo se convierte en un plan divino, el desacuerdo político deja de ser un error de interpretación y pasa a ser directamente un pecado. Ya no hay adversarios equivocados; hay herejes.
Ese es, me parece, el núcleo del problema. La política democrática se sostiene sobre la posibilidad de disentir sin ser expulsado de la comunidad moral. Cuando el líder se percibe como profeta y no como funcionario, esa posibilidad se erosiona: quien lo cuestiona no discute una política pública, blasfema.
La grieta espiritual con Villarruel
Este eje místico no quedó confinado al vínculo entre el Presidente y sus votantes: también explica, en buena medida, la ruptura con su propia vicepresidenta. Mientras Milei se acerca a pastores evangélicos y rabinos ortodoxos, Victoria Villarruel se sostiene en un catolicismo tradicionalista. Son, como señaló una nota de Letra P, dos visiones del poder y dos formas de profesar fe: para el Presidente, lo divino parece ser útil; para su vice, sagrado. El quiebre entre ambos —que estalló públicamente cuando él la llamó “bruta traidora” en La Derecha Fest— ya no puede leerse solo en clave institucional. Es, también, una disputa teológica sobre el sentido último de gobernar.
El brote místico como explicación de la gestión
Hay un tercer nivel, más inquietante todavía, que empieza a documentarse en los momentos de mayor debilidad del Gobierno: el misticismo no se queda en el discurso, sino que parece incidir en decisiones concretas de gestión. Una nota reciente de Noticias describe cómo, en el peor momento del Gobierno, las creencias esotéricas de su círculo íntimo —tarot, canalización angelical, comunicación interespecies— atraviesan la toma de decisiones oficiales. Y recuerda un dato que funciona casi como símbolo de todo esto: el tatuaje que Milei se hizo tras la victoria en las PASO de 2023, inspirado en una profecía que sus propios asesores asocian con su figura, como una prueba de lealtad mística tallada en el cuerpo.
Un patrón regional, no una rareza local
Conviene no leer esto como una anomalía exclusivamente argentina. Una nota reciente de CNN ubica a Milei dentro de una tendencia latinoamericana más amplia, que incluye el “Dios por encima de todos” de Bolsonaro y las jornadas nacionales de oración de Bukele. Un politólogo chileno consultado por ese medio confirma que existen patrones comunes entre estos liderazgos. La diferencia, sin embargo, es de grado: ningún otro mandatario de la región ha llegado a construir una teoría propia y explícita que una economía, teología y proyecto político en una sola cosmovisión revelada.
La pregunta que queda abierta
Lo distintivo del caso Milei no es apelar a lo religioso como legitimación externa —algo que hicieron populismos de todo signo citando a Dios en un acto—. Lo distintivo es la fusión total entre profecía personal y diseño de política pública: no dice “Dios está de mi lado”, dice “yo soy el vehículo de un plan divino que también es, casualmente, un plan económico”. Ahí la teología deja de ser un recurso retórico y se convierte en epistemología de gobierno.
La pregunta que nos deja este fenómeno no es si Milei cree genuinamente lo que dice —eso pertenece a su fuero íntimo—. La pregunta es qué le pasa a una democracia cuando su líder gobierna convencido de que ejecuta una voluntad superior, y qué margen le queda a la crítica cuando disentir empieza a leerse, puertas adentro del poder, como una forma de pecado.