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Una salida a la portuguesa: la corrección de rumbo que la Argentina todavía puede hacer Por qué el ajuste fiscal no tiene que reñirse con el crecimiento del empleo, y qué lecciones deja el “milagro” de Lisboa para el programa económico actual


Por qué el ajuste fiscal no tiene que reñirse con el crecimiento del empleo, y qué lecciones deja el “milagro” de Lisboa para el programa económico actual

Cuando Portugal salió del rescate del FMI y la Unión Europea, entre 2011 y 2014, no lo hizo con un ajuste de shock ni con una devaluación. Lo hizo con un cronograma fiscal extendido, negociado con firmeza pero sin las condicionalidades asfixiantes que en la misma época hundían a Grecia. Ese antecedente —bautizado por analistas argentinos como “salida a la portuguesa”— vuelve a asomar como una referencia posible para pensar el rumbo de la economía argentina en 2026.

El diagnóstico: una economía que crece pero no emplea

La Argentina de 2025-2026 exhibe un fenómeno que los economistas describen como “peruanización”: un sector moderno —minería, hidrocarburos, agro, finanzas— que traccionan el PBI pero emplea a poca gente, y un sector tradicional —industria, comercio, construcción— que pierde peso y puestos de trabajo. El resultado es un crecimiento agregado que convive con la destrucción de empleo formal: entre 340.000 y 200.000 puestos perdidos según la fuente, y una informalidad laboral que ya ronda el 44%.

El propio equipo económico reivindica esa dirección: Perú es citado como modelo de estabilidad macro con matriz extractivista. El problema, señalan sus críticos, es que Perú tampoco resolvió el empleo de calidad pese a dos décadas de boom exportador.

La alternativa portuguesa: gradualismo con consenso

Frente a ese diagnóstico, la experiencia portuguesa ofrece un contramodelo con cinco correcciones posibles al programa vigente:

1. Ritmo del ajuste. Portugal estiró en el tiempo la reducción del déficit en lugar de aplicarla de una sola vez. Trasladado a la Argentina de hoy, implicaría suavizar los recortes más regresivos —jubilaciones, transferencias a provincias, gasto de capital— sin resignar la meta de déficit cero, solo administrando mejor su velocidad.

2. Negociación con el FMI centrada en aliviar condiciones, no solo en cumplir metas. Lisboa usó el diálogo con el organismo para evitar las restricciones más duras, las mismas que aplastaron a Atenas. Buenos Aires, en cambio, prioriza hoy mostrar disciplina extrema para conseguir el grado de inversión, lo que va en sentido inverso.

3. Recomponer la inversión pública. La caída del gasto de capital argentino —95,8% real entre 2023 y 2025— no tiene equivalente en el ajuste portugués. Sostener obra pública, aun dentro de un esquema de déficit cero, es posible si se financia con reasignación de partidas ineficientes, no con más déficit.

4. Consensos políticos de largo plazo. El “milagro” portugués sobrevivió a los cambios de gobierno porque distintas fuerzas políticas lo sostuvieron sin pedir nada a cambio. Un acuerdo argentino con gobernadores y bloques moderados le daría al programa una previsibilidad que hoy depende exclusivamente de la voluntad de un DNU.

5. Políticas activas para el empleo formal. La estabilidad macro no alcanza por sí sola, como demuestra el caso peruano. Crédito productivo, incentivos a la formalización y capacitación sectorial deberían correr en paralelo al ajuste, no como una consecuencia automática de la baja de la inflación.

¿Se puede ser expansivo sin déficit?

La pregunta que sigue a toda esta discusión es si existe margen para estimular la actividad sin resignar el equilibrio fiscal. La respuesta técnica es que sí, aunque con matices: no se trata de gastar más en términos netos, sino de mejorar la composición y la calidad del gasto dentro del mismo resultado fiscal. Reasignar partidas de baja productividad hacia inversión de alto impacto, ganar eficiencia en la ejecución, ampliar la base tributaria genuina, y recurrir a esquemas de participación público-privada (en la línea del RIGI) para financiar infraestructura sin que computen como gasto público directo son las herramientas disponibles.

Lo que esta vía no reemplaza es la potencia de un estímulo fiscal financiado con déficit: como mucho, maximiza el efecto multiplicador del gasto existente. Es, en el mejor de los casos, un complemento de mediano plazo — no una varita mágica.

El límite de la comparación

Toda analogía tiene un techo. Portugal ajustó dentro de la eurozona, sin posibilidad de devaluar, y con un anclaje institucional europeo que Argentina no tiene. La comparación, entonces, funciona más como una guía de principios —gradualismo, consenso político, sostener la inversión pública, no descuidar el empleo formal— que como un manual de aplicación mecánica.

Pero la pregunta de fondo sigue en pie: ¿puede la Argentina lograr estabilidad macroeconómica sin repetir el patrón de dualización que hoy exhibe Perú? La experiencia portuguesa sugiere que sí es posible, siempre que el ajuste no se confunda con el abandono de toda política activa de empleo y de acuerdo político. El desafío, en 2026, es si el actual programa económico tiene margen —o voluntad— para incorporar esas correcciones antes de que la brecha social se vuelva estructural.

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